Salón de palabras


Lector, conseguir este libro es traspasar la delgada línea que separa la realidad de la fantasía. Las palabras en él contenidas pueden ser muy convincentes; igual liman asperezas que urden tretas, pueden envolverte en abrazos de ternura, hacerte soñar o reír a carcajadas, por lo que será mejor que te pongas cómodo en tu rincón favorito y lo disfrutes. Te aconsejo que no pierdas de vista ni una página del libro.



sábado, 23 de abril de 2016

EL LIBRO Y LA FLOR



Envuelto en primavera el jardín exhala aromas nuevos. En un baile de mariposas, el Libro se abre tierno en las manos  de la  mujer de rostro hermoso; que ha quedado dormida en el silencio de la tarde cálida.
—Ven, le dice en tono acariciador el Libro a la Flor que, frente a él, esparce su aroma. Y ella, de aterciopelada piel, se deja mecer por la brisa fresca de sus hojas. —Voy a contarte la historia de nuestros antepasados. —Le susurra, mientras aspira su aroma. Ella, tímida, posa sus apasionados ojos en el cuerpo tatuado de palabras.
—Erase una vez una Flor y un Libro. La Flor, contenía en su rostro toda la belleza. El Libro, la sabiduría. Juntos se habían propuesto recorrer el camino abierto por el Corazón.  Querían saber de las mismas cosas y aprender el misterio de la Vida; para contribuir juntos al nacimiento de un Mundo Mejor.
El día que se encontraron, la Flor se balanceaba mimosa y perfumada en su tallo cubierto de hojas tiernas; mientras que el Libro había sido olvidado en una piedra cubierta de musgo,  por un niño despistado y juguetón. Pero la Magia, oculta en el Árbol de la Sabiduría, se había confabulado para que ellos se re-conocieran.
—Hola, dijo la dulce voz de la Flor, cuando el Libro, abierto sobre la roca por el suave soplido del viento, le miró silencioso, pero decidido.
— ¡Qué…qué bella eres! —Balbuceó, ante el rubor que le abrasaba al sentir sobre su cuerpo el aroma limpio y fresco de su aliento.
— ¿Qué haces aquí, tan solo? —Le preguntó al Libro con vocecilla matizada de inocencia.
— ¡Bah! Hay veces que no me valoran lo suficiente, pero los niños son así. Prefieren llenarse la cabeza de pájaros que de las letras que emanan las bellas palabras. Aunque yo no me dejo amedrentar por el desánimo. Ya les llegará el tiempo en que me buscarán para conocer todo lo que contengo en mi interior. Ahora, mi amigo se ha olvidado de mí por haberme traído a regañadientes. Ha salido corriendo a la captura de lagartijas, sin darle importancia alguna a todos mis conocimientos.
— ¡Ah, vaya! si que pareces importante.
—Perdona, si te parezco engreído; pero sí, lo soy.
— ¿Y qué es lo que de ti se puede aprender, para ser tan importante?
— ¡Oh! No acabaría de contarte. Necesitaría siglos a tu lado para que pudieras entrar en mis pensamientos. Llevarte a caminar de mi mano por la Naturaleza que en mí se contiene. Dejarte sentir en la piel el amor sublime de los amantes. Que vieras a través de tus ojos, mi vida de viajero. Darte ayuda de consejero en tus peores momentos. O, que pudieras comprobar, como se pueden salvar, también gracias a mí, los cuerpos enfermos de mala salud y aburrimiento… Bueno, para qué seguir. Tú eres demasiado joven. Aún no podrás comprender todo lo que yo puedo ofrecer.
— ¡Sí, sí que eres engreído! —Le espetó la Flor, estampando dos gotas de rocío en el lomo grabado de purpurina. Hay que ver qué sobrado estás de ti mismo. Yo, por ejemplo, no soy tan erudita. Pero no me infravalores; que, aunque tierna y menuda, puedo ser tan importante como tú.
—Explícate.
—¡¡Ahhh!! Lo que una mujer tiene que esforzarse para que se la entienda… Para que te enteres, Libro; soy regalo para la vista. Mis aromas inundan los sentidos de las gentes. Cuando la vida nace, me llevan a poner el primer beso en la feliz mamá y una caricia en la piel reciente. Otras veces, me envuelven en lazos para asistir entre azahar a las uniones que se esperan imperecederas. Creciendo con la edad, también me eligen para adornar los años. A los buenos estudiantes que, a lo mejor tú les has enseñado lo que son, no lo pongo en duda, se les premia con un abrazo mío entre sonrisas. Y, para no extenderme en mis poderes e importancias: hasta a la Muerte, en su último paseo por la Vida, se le merma su fealdad al ir junto a mi belleza.
—Entonces —convino el Libro—, estamos hechos el uno para la otra. Juntos podemos cambiar al Mundo. Aunque eso sí, te prevengo; no va a ser fácil.
—No importa; me gustan los retos. Pero, imagínate: sumada tu persuasión a mi delicadeza, podemos conseguir que la dura y triste realidad se conviertan en un camino de rosas.
—Bueno, bueno, no seas tan presuntuosa. Porque será también necesario un camino hecho de palabras.
—Vale. Dijo la Flor. Yo siembro el jardín para que florezca, y tú lo abonas de conocimientos.
Durante mucho, mucho tiempo, el Libro y la Flor se afanaron en su empeño de engrandecer el mundo que soñaron. Más, como se imaginaron, no fue tarea fácil. Las palabras contenidas en la sabiduría del Libro, nunca fueron suficientes. Tampoco el cálido y acariciador aroma de la Flor, hicieron sucumbir al fétido olor de la incomprensión y al odio arraigado en las envidias.
Los siglos han ido creando libros nuevos y flores diferentes. En ambos se contienen ingredientes para escribirse siempre una nueva Historia; pero aún no ha sido posible el entendimiento entre las gentes que, a veces, sólo a veces, esparcen al viento semillas de buena voluntad.
La tarde había caído sobre los brotes tiernos de la higuera. Los gatos maullaban al amor junto a las esquinas del deseo.

La hermosa mujer, que se había dormido al sopor del calor del verano, despertó abrazada al Libro que, silencioso y cálido, la inundó con aroma a flores frescas.