Salón de palabras


Lector, conseguir este libro es traspasar la delgada línea que separa la realidad de la fantasía. Las palabras en él contenidas pueden ser muy convincentes; igual liman asperezas que urden tretas, pueden envolverte en abrazos de ternura, hacerte soñar o reír a carcajadas, por lo que será mejor que te pongas cómodo en tu rincón favorito y lo disfrutes. Te aconsejo que no pierdas de vista ni una página del libro.



jueves, 27 de noviembre de 2014

UN DÍA VIO EL MAR


25 de noviembre. Día Internacional contra la Violencia de Género.

Ayer fue un día emotivo y hermoso, pese al motivo. Otro año de trágicas muertes de mujeres a manos manchadas de sangre. Las mismas manos que en algún momento acariciaron un rostro y auparon niños hacia el regazo... 

El libro contiene el relato "Un día vio el mar" y del Centro de la Mujer me pidieron que si quería leerlo. Allí estuve, por supuesto. Con tantas mujeres ausentes y rotas, también con otras que luchan y esperan y, muchas, que, tranquilas, no temen que las golpee el desamor... Pero todas quisimos unirnos en una lucha que es demasiado macabra y que dura tanto como el ser humano es capaz de sentir y producir dolor...

Allí estuvo también Pilar Contreras, Poeta y mujer grande y generosa. Precioso su  poema "Esperanza", que leyó Vanesa Romero.

Por Ella, por todas Ellas...


Fragmento. "Un día vio el mar".

Ella fue un ser noble y generoso que luchó por sobrevivir en aquellos tiempos de hambre y silencios...

No sabía leer ni escribir. No podía evadirse ante historias reales ni habitar en la fantasía. Nunca pudo ponerse en la piel de ninguna reina de los mares, imaginar otros mundos ni mágicos lugares...

Él tuvo una muerte repentina, sin sufrimiento. O quizá el sufrimiento se lo dio la vida de muerte que había hecho vivir. Puede que la conciencia se lo llevara antes de tiempo. Quién sabe… Los años de vida que siguieron para Ella fueron de una relativa calma...

Los daños sufridos solo habían dejado huellas de cicatrices internas. Contadas canas aparecieron en sus sienes, era como si quisieran demostrar que, pese a la vejez de su dueña, ésta debía conservar el pelo negro de la juventud robada; seguir de ese color para no desentonar con la negrura perpetua de sus ropas.

El rostro, otrora golpeado, ni siquiera se iba surcando con las arrugas propias de la edad. La piel tersa, pese a los años, cambiaba con la pátina del tiempo modificando sus rasgos hacia la ancianidad, pero sin perder esa dulzura que tienen los rostros cuyos ojos, pese al miedo, han sido capaces siempre de mirar con bondad.

Y un día vio el mar…